
Photo: Leighton Roberts Subo hacia el segundo piso y me doy cuenta de que la tiniebla está untada a las paredes, carne de los muros, como si éstas fueran ella misma y yo pudiera transponerlo, como se horada la neblina y, de esa forma, atravesar todos los edificios del Centro, mirando sus vergüenzas y sus orgullos, sus amores y sus melancolias, sus crimenes y sus nacimientos. Necesidad imperiosa de que la tiniebla anciana explique, diga, cuenta cada historia, que resuenen en este silencio los estallidos y las voces poderosas, que se escuche el llanto de [...]